CAPÍTULO 153 - LA DEPENDENCIA EMOCIONAL

Cada persona tiene su propio modo de pensar para interpretar el mundo que le rodea y tratar de manejarse en él, del mejor modo posible. Generalmente, todos buscamos sentirnos bien con nosotros mismos y los demás y lograr las metas y objetivos que nos proponemos en nuestras vidas.

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Francisco de Sales
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CAPÍTULO 153 - LA DEPENDENCIA EMOCIONAL

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CAPÍTULO 153 - LA DEPENDENCIA EMOCIONAL
-CUANDO LA PAREJA ESTÁ DESCOMPENSADA-

Este es el capítulo 153 de un total de 200 –que se irán publicando-  que forman parte del libro RELACIONES DE PAREJA: TODO LO QUE NO NOS HAN ENSEÑADO Y CONVIENE SABER


La dependencia emocional es un patrón psicológico que se puede manifestar en algunas relaciones de pareja, así como también en las de familia o amistad.

Quien la padece –porque tener dependencia siempre es un padecimiento- se convierte en alguien inestable emocionalmente, desequilibrado y autodestructivo, ya que esa dependencia se fundamenta en algo tan irreal como es la idealización o magnificación del otro y la necesidad imperiosa de él –que no es cierta- y eso conlleva la sumisión incondicional y acaba afectando de forma negativa a la autoestima y a la salud física y mental. A pesar de ello, del sufrimiento y malestar que produce –que es mucho más y mayor que felicidad- los dependientes son incapaces de salir fácilmente de esas relaciones. Y lo que es peor, mientras más aplacen la salida de esa relación más difícil será hacerlo.

En bastantes casos estas relaciones se forman porque uno de ellos siente miedo a la soledad o al abandono –en la mayoría de los casos por haberlo sentido en la infancia y por lo indeseado de volver a repetir aquella dolorosa sensación-, y por eso prefieren estar mal acompañados que solos, y en otros casos se debe a que sienten miedo al momento de romper la relación. Creen que van a quedar huérfanos de afectos, cuando en realidad no tienen afectos en esa relación.

Esas relaciones, y la posibilidad de salirse de ellas, llegan a provocar pensamientos obsesivos y sentimientos de ansiedad y depresión. La buena noticia es que si zanjaran la relación e iniciaran otra –pero sin prisa, después de haber hecho bien el duelo por la que terminaron-, y si fuesen en igualdad de condiciones que el otro a ella, sin necesitar desesperadamente al otro miembro, se podría mantener una relación sana. No es que el dependiente esté descartado para tener una relación sana para el resto de su vida, pero mientras no sea consciente de que puede ser independiente no será libre para elegir.

Necesitan afecto y ser queridos -o por lo menos tenidos en cuenta y que sientan que son alguien para alguien- y comprarán ese amor falso pagando cualquier precio, por excesivo que sea. En casi todos los casos, es su propia humillación y autodestrucción.

Los inconvenientes son muchos. Como tienden a centralizar la felicidad y el amor en una sola persona, raramente encuentran esas dos cosas fuera de la relación. Y eso es grave, por la dependencia excesiva que se reafirma constantemente. Quien se encuentre en esta situación tiene que ser consciente de que no está enamorada de la persona con la que convive, sino que está “enamorada” del que conoció hace años, de aquel que era entonces, o está “enamorada” del ideal que ha construido sobre esa persona. La realidad es que, generalmente, él ya no se parece en nada al que le sedujo.

Que se encuentren bien o mal estas personas depende, casi siempre, de cómo les trate el otro. Y para evitar altercados evitan contradecirle, aun cuando no estén de acuerdo en algo. Por eso mismo no pueden ser ellos naturalmente. Y eso les lleva a la paradoja de que sólo se sienten bien consigo mismos si son queridos por el otro. Darse cuenta de esto es un motivo suficiente para pensar seriamente en dejar esa subordinación.

Por la dependencia que han creado, anteponen los intereses del otro a los suyos propios. O sea, que su vida está dispuesta en función del otro. Lógicamente, el miedo a ser dejados por el otro está siempre muy presente y amenazante; eso les lleva a satisfacer al otro continuamente con lo que refuerzan más la dependencia y les hace aún más fácilmente presas de chantajes emocionales, de sufrir lo indecible para que el otro no les deje, y de obsesionarse aún más con el otro creando un círculo vicioso del que cada vez resulta más difícil escapar.

Para quien se encuentra en esta situación, es muy importante darse cuenta de lo que está haciendo. Ver la base sobre la que se sustenta la relación y verse a sí mismo, desde fuera, con objetividad, y tomar una decisión valiente, por su propia sanidad mental y emocional, para dejar que el amor y la relación sean lo que está previsto que sean… pero estando en otra relación, y para no seguir llamando amor a lo que solamente es una tortuosa situación a la que se ha llegado inconscientemente pero de la que se puede salir con consciencia y con la colaboración de un psicólogo.

“Darse cuenta” de si uno está en esa dependencia se consigue –como para resolver casi todos los conflictos- colocándose en un punto de observación donde la sinceridad, la honradez, y la dignidad personal, estén presentes y tomen las riendas de la situación; la analicen desapasionadamente y después apliquen la decisión que sea más adecuada. Siempre valorando, por supuesto, los intereses personales como prioritarios.

Conviene comprender que la felicidad general de uno no debería estar en las manos ajenas de otra persona –eso es una irresponsabilidad autodestructiva-; que nadie tiene el monopolio exclusivista de proveernos de felicidad sentimental ya que hay miles de personas que también lo podrían hacer; que la alegría personal no se debe basar en que otro te trate bien o no; que no es conveniente decir sí, cuando se piensa no, sólo por no discutir con el otro porque en el fondo, aunque uno no sea consciente, acabará discutiendo consigo mismo por esa sumisión que casi se enmarca en la esclavitud; que los deseos de uno tienen tanto valor como los del otro; que uno se puede amar aunque otros no le amen; que no hay que tener miedo a perder a quien tal vez sea mejor perder; que el sufrimiento que provocan estas relaciones es superior a la pobre y falsa felicidad que aportan; que el control de la propia vida es una responsabilidad de uno mismo y no hay que ceder ese gobierno a otro.

A la persona que esté en esta situación le corresponde valorar sinceramente a cuántas cosas tiene que renunciar para satisfacer al otro: a ser ella misma, a relacionarse libremente con sus amigos o su familia, a poder hacer lo que realmente quiere hacer, a su Autoestima…

Recolocar la Autoestima, poniéndola en el sitio que le corresponde, puede ser el primer paso. El segundo, perder el miedo a la soledad. “Más vale solo que mal acompañado”, dice el refrán. La soledad es muy recomendable para encontrarse consigo mismo, a solas, reconciliarse, re-descubrirse, y prepararse para recibir el amor externo como un complemento al propio, y no como el que va a ocupar todo el corazón.

Es bueno darse cuenta de la diferencia que existe entre “desear” y “necesitar”. Está muy bien desear a alguien, pero está menos bien necesitar desesperadamente a alguien. Cuando uno se ama a sí mismo no necesita al otro, y se puede permitir desear al otro. Y cuando no se necesita al otro, es cuando uno está preparado para amar de un modo sano, porque entonces el otro no es la única fuente proveedora de amor. Su amor es bien venido, pero no es imprescindible ni vital.

SUGERENCIAS PARA ESTE CASO:

- Huir urgentemente de las relaciones de dependencias, porque además casi todas acaban siendo, también, tóxicas.
- Uno mismo y su dignidad tienen que estar por encima de cualquier relación y más si ésta es insana.
- Las personas que tienen tendencia a este tipo de relaciones arrastran pasados en los que la falta de amor, la desatención, el menosprecio y la sensación de abandono estuvieron muy presentes. Se hace muy recomendable la ayuda de un psicólogo.


Francisco de Sales

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